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martes, 15 de septiembre de 2020

Aprisionados entre Covid y el tapón

Aun en tiempos de un virus tan inmisericorde y mortal co­mo el Covid-19, el tráfico en Santo Domingo, la capital do­minicana, está tan embrollado y taponado cada día que un viaje desde la Dirección Gene­ral de Migración hasta la ave­nida John F. Kennedy le oca­sionó a un ciudadano casi dos horas ensartado en un atasco, el equivalente a un vuelo des­de la terminal de las Américas a la ciudad de Miami.
Así están nuestras calles y avenidas, haciendo de la vi­da de los ciudadanos viajeros un espacio que les aprisiona y ahoga en un mar de frustra­ción y enojo.
Muchos lo han calificado como un “trastorno vial caó­tico” que empeora cada día, y cuando se entiende por qué tantas inversiones en infraes­tructuras de conectividad te­rrestre para el transporte de personas y de carga no logran sus propósitos, el año 2018 podría dar una pista sobre dónde se ancla parte crucial de la causa de este problema.
Con una población de más de 10 millones de al­mas, el país tenía, al cierre de 2018, un parque vehicu­lar de 4,350,884 unidades, camino a la mitad del grue­so de sus habitantes.
El reinado de las motos
De ese total, el 55.1% es moto­cicletas; el 20.9% automóviles, 10.3% jeeps y el 13.6% restan­te es de unidades de carga y au­tobuses. Desde que despunta el alba, un montón de vehícu­los empieza a rodar, forman­do hileras interminables en to­da dirección, comprimiendo en los cuatro puntos cardinales de la ciudad.
Así, poco a poco, de Norte a Sur, de Este a Oeste, avenidas y calles laterales comienzan a comprimirse por esta conges­tión. El ruido ensordecedor de bocinas y los fétidos eructos de los mofles que expelen residuos de su revoltijo de aceite y com­bustible, fastidian e inquietan el ambiente.
Carga humana y el tráfico
El creciente flujo de tráfico en Santo Domingo, una metrópoli cuya población se extiende sin control, prensando sus llanuras medias, sus colinas y bandas costeras, se afianza sin pausa mientras su tasa de crecimiento crece desenfrenada.
Este peso humano influye en el desenvolvimiento del trá­fico cuando se agrega al enor­me parque vehicular del país, haciendo una combinación crí­tica. Si ya movilizarse montado en vehículos contrae dificulta­des para llegar al trabajo y re­tornar a casa después de duras jornadas de labores, hasta el es­fuerzo de hacerlo a pies se ha tornado agobiante.
Las debilidades de la autori­dad de tráfico para reducir este problema, a veces con un ver y dejar pasar, al centrarse en bus­car infracciones y poner multas, al margen de otros hechos que ocurren a su proximidad, agra­va la situación.
Pero el problema no es so­lo por cúmulo de tráfico y más gente movilizándose.
Este desorden también tie­ne otros protagonistas que, arrastrados por el desdén del Estado, el olvido y la miseria, impulsan los tapones.
Para vergüenza y perjuicio a la imagen del país, a 528 años del descubrimiento y conquista de estas tierras del nuevo mundo y 132 años de la producción e inicio del automóvil, todavía aquí hay carretas tiradas por anima­les en algunas vías, triciclos atestados de vegetales y co­cos; haitianos arrastrando carritos trocados a paleteras, indigentes, discapacitados, limpia vidrios, vendedores de cables de celulares, flores, frutas, agua, limoncillos, ca­chuchas, perritos y frío-frío.

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